Semana de Turismo año 2001 y de cómo llegué al campamento de GERGU en lo de Abelenda

Semana de Turismo año 2001 y de cómo llegué al campamento de GERGU en lo de Abelenda

Este campamento lo empecé de una manera muy especial. La primera noche de la Pascua judía cayó el sábado anterior a Turismo. Nuestra hija organizó una cena familiar para esa ocasión y yo no quise perder esa reunión. Pero si asistía a esa cena, no podía salir en el camión con que salían los compañeros de Gergu en la madrugada del sábado.

Planteé el dilema a los compañeros de Gergu y surgió la solución: puedo participar en la cena familiar del sábado, tomar el bus a Masoller el domingo de noche y el lunes de mañana va salir un auto del campamento y me va recoger en la Estación de ANCAP.

Hombres proponen y San Pedro dispone: El domingo de noche, antes de salir de casa para tomar el bus a Masoller, encontré un mensaje de Milton en el contestador telefónico, diciendo que debido a la reciente lluvia las cañadas están desbordadas y no es posible salir del campamento con el auto. Pero si quiero llegar caminando, entrando por la primera portera que hay a la izquierda no me puedo perder porque ese camino lleva derecho a lo de Abelenda.

Esa indicación fue la única clave que me faltaba para decidir y juntarme con los compañeros aunque sea caminando. Las otras dos claves importantes ya las tenía:

  1. Que la portera mencionada no está sobre la carretera que sigue hasta Artigas, sino sobre un camino vecinal que pasa por “3 Bocas”. Eso lo supe en la reunión anterior al campamento cuando Nils explicaba sobre el mapa el posible lugar del campamento.
  2. Hace algunos años ya participé en un campamento en ese lugar, así que tenía la seguridad que una vez llegado a las casas de Abelenda, ya voy a encontrar el campamento también.

Con esos datos “infalibles” tomé el bus a las 10 de la noche y cada vez que desperté de una dormitada, le recomendé al guarda que no olvide avisarme para bajar en la Estación de ANCAP de Masoller.

¿Porqué justamente en la Estación ANCAP? Porque suponía que llegando en plena noche, en ese lugar podría encontrar iluminación y quizás alguien despierto, posibilidad para esperar que aclare.

El guarda me avisó a tiempo, y el chofer tuvo la gentileza y conocimientos para indicarme que el camino hacia “3 Bocas” comienza allá donde se vislumbra el toldo claro de un camión”.

Cuando el bus se fue me encontré solo, en medio de la “casi nada”. Es cierto que la Estación ANCAP estaba iluminada pero ser viviente no había ninguno, ni siquiera un perro que me ladre. Eran las 5 de la madrugada, plena no- che oscura, además neblina espesa y húmeda. Los árboles cercanos parecían fantasmas. Silencio absoluto.

Busqué algún lugar adecuado para sentarme y esperar hasta que aclare pero sin éxito. Había 4 sillas metálicas alineadas a lo largo de la pared del edificio pero no me pude sentar ni depositar la mochila porque estaban mojadísimas por la neblina espesa. Al lado del surtidor y debajo de toldo metálico había una camioneta, su interior era lo único seco a la redonda. ¿Podré esperar el amanecer sentado en la camioneta? Despacito tanteé la puerta, se abrió sin hacer ruido, pero no conociendo al dueño de la camioneta ni les costumbres locales, me entró miedo que me tomen por intruso o ladrón, cambié de plan: no me animé a sentarme en la camioneta y opté por emprender la caminata ya. Usé el asiento para depositar y abrir la mochila para aprontarme. Saqué campera, gorro de lana y linterna, cerré mochila y puerta de camioneta despacito para no despertar al dueño   y empecé a caminar.

A pocos metros pasé el camión con el toldo claro y tomé el camino que pasa por “3 Bocas”. Buen camino de tierra, con base de piedras, con abundantes charcos de agua que atestiguaron a reciente lluvia abundante. Cuidando de no pisar en el medio de los charcos, con mi nuevo zapato tipo champión no tuve problemas. Era plena noche, sin ninguna luz, sin embargo el ojo se acostumbró a la oscuridad y pude ver. Pude ver el camino, los charcos, el perfil más oscuro de los árboles al borde del camino; quizás porque la húmeda neblina que dominaba todo era lechosa, de color algo claro. Mi campera y mi gorro de lana estaban perladas con gotitas pero el agua no pasó hacia adentro.

A cada rato dirigí mi linterna hacia la izquierda, no sea que me pase de la portera indicada. Un cerco de piedra se alineaba a la izquierda del camino, viboreando más oscuro que el resto del ambiente. No sé cuánto caminé en esa húmeda y lechosa oscuridad pero me encontré con dos seres vivientes: el primero fue un zorrino (una mancha totalmente oscura cruzó corriendo el camino, de izquierda a derecha y se perdió en la sombra de los árboles). El segundo fue un jinete. Llevaba el mismo rumbo que yo, sentí las pisadas del caballo como se acercaba de atrás. Cuando me alcanzó, nos saludamos y le pregunté por la portera del camino que me llevaría a lo de Abelenda. Él conocía ese camino, me confirmó que voy bien, y que la portera está más adelante. Sobre distancia no pude obtener dato. Después de los rituales saludos se perdió en la lechosa neblina delante de mí, dejándome la tranquilidad que por ahora voy bien, y el pensamiento reconfortante que no soy el único que se aventura a esa hora temprana.

Más tarde me encontré con dos jinetes más. Cada uno me dijo lo mismo: que voy bien y que la portera está más adelante.

Cuando me encontré con el tercer jinete ya era de día, pude guardar la linterna pero el cerco de piedra me acompañó todavía buen rato. La humedad siguió todo el tiempo pero la neblina ya, se estaba disipando.

A las 7 de la mañana aparecieron a distancia los dos palos verticales de la portera tan mentada. Gran alegría, llegué contento.

Pero inmediatamente surgió un gran problema: entre el camino y la portera había una franja de pasto inundada con agua, un bajo que se extendía de izquierda a derecha. Estuve como media hora buscando algún lugar donde poder pasar en seco pero sin resultado. Cambiar de calzado no podía porque las romanitas que serían las adecuadas para esa ocasión, estaban en mi equipaje que fue con el camión y me esperaba en el campamento. Tenía dos opciones: renunciar al campamento y volver a Masoller (¿cuándo pasará bus hacia Montevideo?) o vadear el agua con Las medias y zapatos-champión nuevos. Me costó decidirme

pero opté por seguir y me fue bien: vadeé esa agua y todos los muchos otros arroyitos y cañadas que hubo que cruzar y con el correr de los días debajo del alero de la carpa se secaron calzado y medias, y el zapato no sufrió nada..

En vez de camino ahora seguí la trocha que dejó algún camión, inclusive el nuestro. Paisaje como indica el texto de Geografía: suavemente ondulada”, o sea se sucedían subidas y bajadas, y en medio de cada bajada una corriente de agua suave o violenta, según. La trocha del camión siempre estaba bien visible pero parecía no terminar nunca.

En la mochila tenía botella con 1 litro de agua; tenía sed pero tomar agua era problemático en ese ambiente tan húmedo: buscar y encontrar alguna piedra no totalmente mojada para depositar la mochila para sacar el agua. Lograda la maniobra me sentí mucho mejor, me cayó bien tomar agua y reanudé la caminata. A esa altura del día ya no había neblina pero había nubes, llovizna intermitente y bastante más tarde un poco de sol. Los pastos seguían totalmente húmedos.

En ese tramo también encontré varios animalitos: p.ej. dos zorrinos. Uno de ellos (parecía joven por ser más chico) se quedó parado a unos pocos metros pero no contestó mis saludos. Otro bicho que apenas lo pude ver pero sí oír, rápidamente se zambulló en una cañada.

La trocha subía lentamente y así caminé yo, cansado y sin poder ver el final.

De repente me encontré delante de una casa, con gran antena de TV en el jardín del frente. Pero me di cuenta que esa no es la casa de los Abelenda, y más me asusté por no ver por ningún lado la continuación de la trocha. ¿Me habré equivocado de camino?

Batí palmas, y por suerte salió alguien. Muy amistosamente me explicó que él es Machado y que la casa de los Abelenda está allá, al otro lado del horizonte. Me debe haber visto muy desesperado porque se ofreció acompañarme hasta allá. En el camino me explicó que los Abelenda no están para indicarme con exactitud el lugar del campamento, llegarán recién mañana, pero él sabe que Abelenda aprontó leña para el campamento y que nuestro camión pasó por allá. Lo que él no pudo indicarme es el lugar exacto del campamento, pero me sugirió que siguiendo las huellas del camión no iba tener problema para encontrar. Con todos estos datos ya me sentí reconfortado. Agradecí su atención y emprendí la última etapa.

Ésta se desarrolló en ambiente distinto. Caminé en una altura, sobre la loma, siguiendo la línea viboreante de los pastos aplastados por el camión. Donde afloraba la piedra se perdía la huella y había que encontrarla de nuevo.

En esa especie de meseta tuve dos vivencias:

  1. Dos perros corriendo una liebre y ladrando a más no poder. Se perdieron a la distancia.
  1. Las vacas. Había algunas vacas pastando. Al pasar cerca de ellos, levantaron cabeza, me miraron asombrados y como quién no tiene otra cosa que hacer empezaron a emitir mugidos y a seguirme. Oyendo los mugidos acudieron vacas de todas las direcciones y el tropel cada vez más numeroso me siguió cada vez más de cerca. Con aprensión miré alrededor y con gran alegría constaté que todas eran vacas, toro no había a la vista. Pero las vacas curiosas ya se acercaron a una distancia de aproximada de 2 metros causándome una impresión nada agradable y me siguieron paso a paso. No me gustó para nada semejante acompañamiento. ¿Cómo podrá convencerlos que no me agrada ser el centro de atención de multitudes?

Como no domino el lenguaje específico de las vacas, opté por usar el “lenguaje no hablado”: violentamente me di vuelta hacia ellas, hice enérgicos signos de rechazo con pies y manos y emití el grito más inamistoso de que soy capaz.

Ellas se pararon al unísono, asombradas me miraron con ojos de vaca y cuando reanudé la marcha, ellas hicieron lo mismo. Recién al tercer intento en- tendieron que aunque yo era único ser humano a la amplia redonda, no deseaba ser escoltado por más de 30 vacas, y dejaron de seguirme. Menos mal, ¡qué alivio!

Pensé que ahora ya debo estar cerca del campamento pero ninguno de los declives a la derecha me parecía conocido y por eso opté por seguir por la parte más elevada pero siempre cerca al borde derecho. En esta zona de pastos altos, debido a la lluvia reciente las huellas viejas del camión ya se habían borrado del todo así que seguía caminando mirando el horizonte porque otra cosa no podía hacer.

Después de un rato divisé a lo lejos algo que no correspondía al paisaje: una manchita rectangular de color naranja. Flor no podía ser porque era rectangular; techo de vivienda no podía ser porque no estaba en posición totalmente horizontal.¡ No podía ser otra cosa que el techo de lona de nuestro camión!

Efectivamente, así fue. Con renovados bríos me acerqué al camión y encontré al camionero (Sergio) durmiendo. Eran como las 10 de la mañana.

¡Qué raro que estuviera durmiendo en la cabina! Lo desperté, lo saludé y cuando se dio cuenta de la situación me explicó que por efecto de la lluvia se resfrió de tal manera que quería seguir durmiendo. De todas maneras me indicó por donde podía bajar al valle para ubicar al campamento.

¡Ya estaba en casa! Los compañeros me recibieron con alboroto y abra- zos y viéndome cansado me ofrecieron asiento, comida, bebida y mucho respeto por hacer tal caminata en tales condiciones. En algo más de 5 horas calculamos que hice algo más de 6 km. Como marca de velocidad fue pésimo, pero como emoción, fue magnífico.

Lo terminé de escribir un año más tarde, en el campamento ‘Infiernillo”, en Turismo del año 2002.

José Lázar